Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Acuciados por la curiosidad, preguntaron a un vecino, el cual contestó que su dueño se llamaba Cojía Hassán, que había sido cordelero, pero que de la noche a la mañana abandonó su humilde oficio, viéndose poseedor de una inmensa fortuna, cuyo origen era para todos un misterio.

—Ve y di a Cojía Hassán que mañana se presente en Palacio a la misma hora que las otras dos personas citadas ya —dijo el Califa dirigiéndose al Visir.

Obedeció éste, y al otro día presentó al soberano a los tres individuos de quienes acabamos de hablar.

Postráronse los tres ante el trono, y el Califa preguntó su nombre al ciego.

Éste respondió:

—Me llamo Abdalá, señor.

—Tu modo de pedir limosna me pareció ayer tan extraño —replicó el Califa—, que, a no ser por ciertas consideraciones, no hubiese accedido a tu demanda. Quiero saber el motivo que tienes para haber hecho ese juramento indiscreto, y así podré juzgar si has obrado bien y si mereces perdón o castigo por tu extravagancia.

Abdalá, lleno de miedo al notar el acento severo del Sultán, le pidió perdón por su atrevimiento de la víspera, implorando su justa clemencia.


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