Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Enajenado de gozo, quise besar la mano de mi bienhechor al tomar la bolsa, pero no lo permitió y los dos amigos continuaron su interrumpido paseo, desapareciendo de mi vista. El primer pensamiento que me asaltó fué el de esconder la bolsa para tenerla segura, y después de muchas reflexiones y planes imaginé esconderla entre los pliegues de mi turbante; subí a mi habitación, y sin que la familia se enterase, metí el tesoro en la tela del turbante, después de separar diez monedas para los gastos más perentorios. Compré gran provisión de cáñamo y una cena excelente con que regalar a mi mujer y a mis hijos. A la vuelta traía un pedazo de carne en la mano, cuando un milano hambriento se lanzó sobre mí con ánimo de arrebatarme la comida; hice resistencia para que no se llevase su presa, y por mi desgracia, con los movimientos de la lucha se me cayó el turbante al suelo. El milano soltó la carne, se arrojó encima de él y se lo llevó antes de que yo hubiera tenido tiempo de arrebatárselo. Los gritos que dí no espantaron al pájaro, que prosiguió en el aire su rápido vuelo, así es que entré en, mi casa acongojado con la triste aventura.





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