Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Entretanto Saadí y Saad fueron a buscarme a mi antigua morada, y los vecinos le dijeron el cambio de mi fortuna y que habitaba ya en un verdadero palacio, al cual se dirigieron ansiosos de saber si el pedazo de plomo era la causa de mi repentina elevación, aunque Saadí lo dudaba siempre, no obstante las afirmaciones de Saad. Al ver a los dos amigos entrar por mi jardín, corrí a ellos a abrazarles; se sentaron y les conté la aventura del plomo, el pescado y el diamante; historia a la que dió Saadí el mismo crédito que al robo del turbante y al cambio de la vasija llena de salvado, si bien se alegró mucho de mi elevación y prosperidades.

Iban a marchar ya cuando les rogué que cenaran y durmiesen en mi casa, para conducirlos al día siguiente a una quinta de recreo que había comprado en los alrededores de la ciudad. Aceptaron con gran contento mío, les hice servir a mis bienhechores una espléndida cena, que alabaron mucho; luego les obsequié con un concierto vocal e instrumental, y por último, al otro día, antes de que saliese el sol, fuimos a mi quinta por el río, embarcados en una preciosa barca con seis robustos remeros. A la hora y media de navegación, estaba terminado el viaje.

Los dos amigos quedaron absortos ante el aspecto de mi casa de campo, situada en el sitio más pintoresco del paraje.


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