Las mil y una noches
Las mil y una noches Les enseñé todos los departamentos de la casa, y en seguida fuimos al jardín, donde les llamó mucho la atención un bosque de naranjos y limoneros, cuyas flores embalsamaban el ambiente con su exquisita fragancia.
Mis dos hijos, a quienes había enviado a la quinta para que se robusteciesen, andaban entre la arboleda en busca de nidos de pájaros y descubrieron de repente uno en las ramas de un árbol altísimo; el esclavo que les acompañaba subió al punto para bajarles el nido, que estaba labrado en un turbante. Mi hijo mayor, lleno de asombro, me lo trajo para que lo viese, y los dos amigos se quedaron atónitos al observar una cosa tan extraña; pero ¡cuál no sería mi, admiración al reconocer el turbante mismo que me había robado el milano! El peso me demostró que allí estaban todavía las ciento noventa monedas de oro que me dió Saadí, y éste reconoció la bolsa que saqué de entre los pliegues del turbante.
Saadí se convenció de que yo no falté a la verdad cuando le referí el robo hecho por el ave de rapiña, pero aun dudaba del cambio de la cantarilla de salvado, a pesar de las reflexiones del buen Saad, el cual siempre tomaba mi defensa.
Pusímonos a la mesa hasta que se ocultó el sol, y entonces regresamos a caballo, seguidos de un esclavo, entrando en Bagdad dos horas después de anochecer y a la claridad de la luna.