Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Por una casualidad no había en casa cebada que dar de comer a los caballos, y los almacenes estaban cerrados a aquella hora; uno de los esclavos compró en una tienda de la vecindad una vasija pequeña llena de salvado, a condición de devolver la pequeña tinaja al día siguiente; la volcó en la artesa para que los animales tomasen su ración, y encontró un trapito atado que me presentó al momento sin haberlo desenvuelto. Lo abrí, y contenía ciento noventa monedas de oro.

—Señores —dije rebosando de alegría a Saadí y Saad—, Dios no, quiere que hoy nos separemos sin que queden demostradas plenamente mi veracidad y mi honradez. He aquí las otras monedas que por segunda vez recibí de vuestra mano, Saadí, y ésta es la tinaja que mi mujer cambió por la tierra que necesitaba para sus flores.

Saadí quedó persuadido, no sólo de mi inocencia, sino de que el dinero no siempre es un medio seguro para juntar más y enriquecerse, Al otro día, y con autorización de Saadí, fueron distribuidas las trescientas ochenta monedas a los pobres de la ciudad, y los dos amigos se retiraron muy satisfechos de mi inocencia y de la cariñosa acogida que les había dispensado. Ellos son las dos personas a quienes más aprecio en Bagdad, y de vez en cuando me permiten que vaya a visitarles y a cultivar su buena amistad, a la que debo mi opulenta fortuna.


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