Las mil y una noches
Las mil y una noches Yo me alejaré solo de este campo, y os recomiendo que no deis cuenta a nadie de mi ausencia; aquí, en mi pabellón, permaneceréis vos, y cuando, por la mañana, vengan los emires, los despedís diciéndoles que estoy indispuesto. Lo mismo haréis los días sucesivos, hasta mi regreso.
El Sultán vistióse con un traje cómodo para viajar a pie, tomó su alfanje y abandonó el campamento, después de haberse asegurado de que todos dormían y de que, por consiguiente, no podía ser visto.
Caminó por la llanura hasta, la salida del sol, sin detenerse un momento, y a la luz de los primeros albores de la mañana distinguió un gran edificio donde esperaba saber algo de lo que iba a indagar.
Más cerca ya de dicho edificio, vió que era un magnífico palacio, o por mejor decir, una imponente fortaleza de mármol labrado y cubierto de una capa de acero fino, terso y reluciente como el cristal de los espejos.
Adelantóse, y aunque la puerta estaba a medio cerrar, el Sultán creyó de su deber el llamar primeramente. Nadie acudió ni al primero, ni al segundo, ni al tercer golpe, y excitada aún más su curiosidad por este raro silencio, se decidió al fin a penetrar en el edificio.