Las mil y una noches

Las mil y una noches

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En el vestíbulo sólo, respondió el eco a sus palabras, y pasó a un gran patio desierto, como todo lo que acababa de recorrer, y después a unos magníficos salones cuyas alfombras, muebles y colgaduras eran de riquísimas telas de seda de La Meca y de las Indias, bordadas de plata y oro.

Después entró el Sultán en otro departamento de más lujo todavía.

En los cuatro extremos vió cuatro hermosos leones de oro macizo que arrojaban agua por la boca, agua que al caer se convertía en perlas y diamantes, juntándose con un surtidor situado en el centro del salón y que desde su taza de mármol se elevaba hasta la bóveda formada de primorosos arabescos.

Además, el alcázar estaba rodeado por tres ángulos de un vasto jardín lleno de bosques, fuentes, alamedas y florestas y, por último, de una infinidad de pajarillos que daban al aire la cadencia y la armonía de sus cantos, sin poder abandonar aquellos lugares porque una gran red tendida por fuera de los árboles les impedía gozar de libertad completa.

El Sultán había caminado largo trecho cuando, de pronto, hirió sus oídos una voz plañidera seguida de gritos de angustia.

Escuchó atentamente y oyó estas tristes palabras:


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