Las mil y una noches

Las mil y una noches

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«Fortuna, que no has querido dejarme gozar largo tiempo de una vida feliz y me has hecho el más desgraciado de los hombres, cesa de perseguirme y pon fin a mis tormentos con la muerte».

Conmovido el Sultán al oír esto, se levantó, dirigiéndose al lado de donde salía la voz, y vió a un joven ricamente vestido sobre un trono de poca altura. Tenía retratada la tristeza en su semblante y devolvió su saludo al Sultán con una inclinación de cabeza.

—Señor —le dijo—, debería levantarme para recibiros como corresponde, pero una razón poderosa me impide hacerlo.

—Señor —le contestó el Sultán—, os quedo agradecido por el buen concepto que os merezco. Atraído por vuestros lamentos, heme enterado de vuestros dolores y vengo a ofreceros mis servicios. Espero que no será una indiscreción pediros que me contéis la historia de vuestras desventuras.

—¡Ah, señor! —respondió el joven—. ¿Cómo es posible que no me lamente y que mis ojos no sean dos fuentes de lágrimas?

Diciendo esto levantó su túnica, dejando ver que sólo era hombre desde la cabeza hasta la cintura y que el resto de su cuerpo era de mármol negro…

No es fácil imaginar el estupor del Sultán a la vista del deplorable estado del joven.


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