Las ultimas cartas de Stalingrado
Las ultimas cartas de Stalingrado A veces tengo la sospecha de que se levanta contra mí un mudo reproche, como si yo fuese culpable de no querer tocar más. Esto es lo que quisieras oírme confesar. Y por esto insistes tanto en tus cartas pidiendo una explicación que yo hubiese deseado y preferido darte personalmente. Acaso el destino ha querido que nuestra situación haya alcanzado un punto que no permite ya ninguna evasión. No sé si volveré a tener ocasión de hablarte; por esto es bueno que esta carta llegue a tus manos y lo sepas ya si algún día aparezco. Mis manos están perdidas, ya desde principios de diciembre. En la izquierda me falta el meñique, pero peor está aún la derecha, en la que se han helado el índice, el medio y el anular. Con ella puedo sostener la copa valiéndome del pulgar y el meñique. Estoy bastante desamparado y cuando faltan los dedos, se da uno cuenta de hasta qué punto los necesita para las operaciones más insignificantes. En el mejor de los casos, todavía puedo disparar con el meñique. Mis manos están perdidas. Pero no puedo pasar la vida disparando si no puedo ser útil para otra cosa. ¿O tal vez basta esto para ser guardabosque? Es éste un humor macabro. Y si escribo todavía es sólo para tranquilizarte.