Las ultimas cartas de Stalingrado
Las ultimas cartas de Stalingrado Kurt Hahnke, a quien me parece conoces de la Escuela Superior, del año 37, interpretó la «Apassionata», al piano, en una travesía de la Plaza Roja. Un espectáculo de esta naturaleza no se presencia todos los días. El piano de cola estaba en medio de la calle. La casa había sido volada, pero antes, por compasión, habían sacado de ella el instrumento y lo habían plantado en la calle. Todos los soldados de infantería que pasaban por allí tecleaban en él al azar. Y yo te pregunto dónde, si no es aquí, se pueden encontrar pianos en la calle. Ya te lo he dicho una vez: Kurt tocó el 4 de enero de una forma inaudita; pronto estará en primera línea del frente.
Discúlpame que haya empleado la palabra «frente»; la guerra ha ejercido un gran influjo sobre todos nosotros y sobre nuestro mundo en torno. Cuando el joven vuelva a su hogar, oiremos de él muchas cosas dignas de alabanza. Supongo que no olvidará nunca estas horas. De ello cuidan ya el modo de ser y el ambiente públicos. Es una pena que yo no sea un escritor para poder vestir con palabras el episodio de centenares de soldados que se acurrucaban allí envueltos en sus capotes y abrigadas sus cabezas con mantas; en todas partes se oían murmullos, pero nadie se incomodaba: escuchaban a Beethoven en Stalingrado, aunque no lo comprendieran. ¿Eres más feliz ahora que sabes toda la verdad?