Lazarillo de Tormes

Lazarillo de Tormes

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Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta[170] del paletoque[171]; y, en viniendo el bodigo[172] de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado y tornada a cerrar el arca. Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras algún tocino colgado al humero[173], algún queso puesto en alguna tabla o, en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que, aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara. Solamente había una horca[174] de cebollas, y tras la llave, en una cámara en lo alto de la casa. Déstas tenía yo de ración una para cada cuatro días, y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopecto[175], y, con gran continencia, la desataba y me la daba, diciendo:

—Toma y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar.

Como si debajo della estuvieran todas las conservas[176] de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo; las cuales él tenía tan bien por cuenta, que, si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre.


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