Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes —Señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. Deso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y ansà fui yo loado della fasta hoy dÃa de los amos que yo he tenido.
—Virtud es ésa —dijo él—, y por eso te querré yo más; porque el hartar es de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien.
«¡Bien te he entendido!», dije yo entre mÃ. «¡Maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos que yo hallo hallan en la hambre!».
Púseme a un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habÃan quedado de los de por Dios. Él, que vio esto, dÃjome:
—Ven acá, mozo. ¿Qué comes?
Yo lleguéme a él y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo de tres que eran, el mejor y más grande, y dÃjome:
—Por mi vida, que paresce éste buen pan.
—¿Y, cómo agora —dije yo—, señor, es bueno?
—SÃ, a fe —dijo él—. ¿Adónde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos limpias?
—No sé yo eso —le dije—, mas a mà no me pone asco el sabor dello.
—Asà plega a Dios —dijo el pobre de mi amo.
Y, llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo en lo otro.