Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes —SabrosÃsimo pan está —dijo—, por Dios.
Y, como le sentà de qué pie coxqueaba, dime priesa, porque le vi en dispusición, si acababa antes que yo, se comedirÃa a ayudarme a lo que me quedase. Y con esto acabamos casi a una. Comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos se le habÃan quedado; y entró en una camareta que allà estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo, y, desque hubo bebido, convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije:
—Señor, no bebo vino.
—Agua es —me respondió—, bien puedes beber.
Entonces tomé el jarro y bebÃ. No mucho, porque de sed no era mi congoja.
Ansà estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, a las cuales yo le respondà lo mejor que supe. En este tiempo, metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos y dÃjome:
—Mozo, párate allÃ, y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquà adelante.