Lazarillo de Tormes

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Y, ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto, que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo, tenía ya yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa. Y, desque fue ya más harto de reír que de comer, el bueno de mi amo díjome:

—Verdad es, Lázaro: según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; más, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre y ve por de comer.

—Dejálos, señor, acaben de pasar la calle —dije yo.

Al fin, vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome[347], que bien era menester, según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar. Mas, aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color; y mi amo, muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración.



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