Lazarillo de Tormes

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El señor comisario se subió al púlpito, y comienza su sermón y a animar la gente a que no quedasen sin tanto bien y indulgencia como la sancta bulla traía.

Estando en lo mejor del sermón, entra por la puerta de la iglesia el alguacil, y, desque hizo oración, levantóse y, con voz alta y pausada, cuerdamente, comenzó a decir:

—Buenos hombres, oídme una palabra, que después oiréis a quien quisierdes. Yo vine aquí con este echacuervo que os predica, el cual me engañó y dijo que le favoresciese en este negocio y que partiríamos la ganancia. Y agora, visto el daño que haría a mi consciencia y a vuestras haciendas, arrepentido de lo hecho, os declaro claramente que las bulas que predica son falsas y que no le creáis ni las toméis, y que yo, directe ni indirecte, no soy parte en ellas, y que desde agora dejo la vara y doy con ella en el suelo. Y si en algún tiempo éste fuere castigado por la falsedad, que vosotros me seáis testigos cómo yo no soy con él ni le doy a ello ayuda, antes os desengaño y declaro su maldad.

Y acabó su razonamiento. Algunos hombres honrados que allí estaban se quisieron levantar y echar el alguacil fuera de la iglesia, por evitar escándalo. Mas mi amo les fue a la mano y mandó a todos que, so pena de excomunión, no le estorbasen, mas que le dejasen decir todo lo que quisiese. Y ansí, él también tuvo silencio mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho.


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