Ollantay

Ollantay

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Debo expresar que el final de Ollanta defrauda no por acabar en forma feliz, sino porque tintinea como moneda falsa. Todas las líneas de la obra tendían en forma natural hacia la tragedia y se las siente retorcidas en un tour de force que no llega a convencer. Pero el dramaturgo quechua quiso escribir una «comedea trageca», como transcribió en torpe castellano el copista quechua que nos ha transmitido la obra. No parece probable que un segundo dramaturgo le enmendara la plana, mutatis mutandis, al autor (recordemos, esto es muy común en el teatro, que en Inglaterra se representó durante casi dos siglos un Rey Lear con final feliz después de la muerte de Shakespeare), sino que la concepción inicial fue una comedia con final feliz. De todas formas, repito, la jornada primera se muestra muy superior en ejecución a las siguientes y, por otro lado, nos impulsa a soñar que alguna vez pudiera aparecer un códice que reemplace la «comedea trageca» simplemente por la «tragedea». Pese a estos reparos de índole estética, dentro de la concepción como comedia, Ollanta es un drama de hábil elaboración, de sabio equilibrio, con muchos rasgos de ingenio a la vez que de genuina e inspirada poesía.





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