Ollantay
Ollantay la faz sañuda y severa;
que es lo único que miro
desde el rincón de mi celda.
Aquí yo no encuentro dicha
sino lágrimas acerbas…
Que nadie las mire acaso
las hipócritas desean,
pues caminan entre risas,
entre delicias extremas,
y de la ventura el colmo
en sus manos siempre llevan.
¡Ay, porque no tengo madre
tal vez aquí se me encierra!…
En fin, para recogerme
dame, nodriza, licencia.
Ya no hay nada en qué ocuparse
y es necesario que duerma,
pues yendo de un lado a otro
anoche me estuve en vela.
Vagando inquieta e insomne
entré por fin a la huerta;
me estuve un breve instante,
y oí lamentos y quejas,
y un acento que a la muerte
llamaba con ansia fiera.
Por todas partes entonces
giré la mirada incierta.