Ollantay

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ESCENA II

HUILLCA-UMA, con una larga túnica negra y un cuchillo en la mano, observa el Sol.

HUILLCA-UMA.— ¡Sol vivo! Postrado delante de vos, adoro vuestra marcha. Para vos solo he separado cien llamas, que debo sacrificar en el día de vuestra fiesta. Derramaré su sangre en presencia de vos. Quemadas en el fuego arderán, después de hecho el ayuno.

OLLANTA.— He allí, Piqui-Chaqui, que viene el sabio Huillca-Uma: ese león anda acompañado del mal presagio. Aborrezco a este agorero que siempre que habla anuncia negros cuidados y vaticina el infortunio.

PIQUI-CHAQUI.— Calla; no hables, pues ya aquel agorero sabe mejor que tú lo que has dicho. (Se sienta y duerme).

OLLANTA.— Hablaré. Ya que me has visto, poderoso y noble Huillca-Uma, te adoro con profunda veneración. Para ti nada hay oculto; veamos que todo ha de ser así. (Se acerca a HUILLCA-UMA).

HUILLCA-UMA.— Poderoso Ollanta, a tus plantas tienes rendida la comarca: tu valor te bastará para dominar todo.


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