Poesia oral
Poesia oral (Nueva Zelanda)
En silencio sentada, mi corazón palpita
por mis hijos;
y aquellos que me miran
ahora, que inclino la cabeza,
pueden creer que no soy sino un árbol de la selva
de una tierra distante.
Inclino la cabeza
como cae el mamaku
y lloro por mis hijos.
¡Oh, hijo mío! A quien solía llamar;
ven hijo mío.
Te fuiste con el raudal impetuoso.
Sentada, sola entre la muchedumbre y el tumulto,
mi vida se consume rápida.
Mi casa está barrida,
limpiamente barrida, barrida para siempre.
Ya nada tiene que alegrar el sol brillante;
y esa cumbre, a menudo contemplada
en jubilosos días,
ahora mueve el suspiro
y a un sentimiento helado como el aire más frío
del sur escarchado.
Y yo, en la casa, siempre doblegada
en mi desesperanza, cavilando.
