Preguntale a Alicia
Preguntale a Alicia Parece inconcebible que durante el tiempo que Chris y yo estuvimos en Berkeley no llegásemos a saber nada sobre ninguno de los muchachos y muchachas que tratamos. Fue, sencillamente, un gran lavadero público donde se despellejaba y se demolía todo y a todos. Esta noche me han hablado de Mike y Marie, de Heidi y Lilac y muchos más. Probablemente utilizaré el resto de las páginas para escribir sobre ello y eso será bueno porque cuando llegue a casa quiero un libro nuevo y limpio. Tú, querido Diario, serás mi pasado. El que compraré cuando llegue a casa será mi futuro. De modo que ahora debo darme prisa y escribir sobre la gente que he conocido esta noche. Me extraña enormemente que tantos padres y muchachos tengan tantos disgustos con el asunto de su pelo. Mis padres siempre me estaban pinchando a causa del mío. Querían que me lo recogiera o me lo cortase, que lo apartara de la cara. A veces pienso que éste fue el mayor obstáculo entre ellos y yo. Conocí a Mike en la cafetería y, tras explicarle cuál era mi situación y mi curiosidad sobre los motivos de tantas fugas de jóvenes, se volvió muy comunicativo y me dijo que el pelo había sido también uno de sus problemas. Su padre llegó a enfadarse tanto que en dos ocasiones le hizo rapar a la fuerza la cabeza y las patillas. Mike dijo que sus padres le arrebataban su libertad y su poder de decisión. Lo estaban deshumanizando, mecanizando, moldeándolo a la fuerza como a su padre. Ni siquiera le permitían elegir las clases que debía tomar en el liceo. Él quería estudiar arte, pero sus padres dijeron que sólo los golfos y los pusilánimes eran artistas. Acabó abandonando la casa para preservar su personalidad y su sano juicio. Entonces le hablé a Mike sobre el sacerdote que encontré en la iglesia y de sus esfuerzos por lograr un nuevo compromiso entre mis padres y yo. Espero que él vaya también a verlo.