Preguntale a Alicia

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Esta mañana me despertaron a las seis y media para el desayuno. No pude probar bocado, tiritaba aún y tenía los ojos legañosos. Me condujeron a una oscura sala de gran puerta metálica que tiene una ventana con barrotes de hierro. Metieron la llave en un candado enorme y cruzamos al otro lado. Se oyó de nuevo el chirriar de la llave para cerrar. Los enfermeros de turno hablaban mucho, pero no podía oírles. Tengo los oídos obstruidos, probablemente a causa del miedo. Después me llevaron al centro juvenil, situado a dos edilicios de distancia. Nos cruzamos con dos hombres babosos que recogían hojarasca acompañados de un enfermero.

En el «Centro Juvenil» había cincuenta, sesenta o tal vez setenta muchachos y muchachas, moviéndose por ahí, preparándose para ir a clase o a lo que fuera. Todos parecían normales menos una muchacha enorme que debe de tener mi edad, aunque es varios centímetros más alta y, por lo menos, con veinte kilos más. Estaba sentada con las piernas abiertas, como una estúpida, bajo una máquina de juego en la sala diurna, en la cual se encontraba además un adolescente que movía la cabeza incesantemente y farfullaba como un idiota.




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