Preguntale a Alicia
Preguntale a Alicia Sonó un timbre y salieron todos menos los dos idiotas. A mà me dejaron con ellos en la sala. Por fin entró una dama muy gorda —la enfermera del liceo— para decirme que si deseaba tener el privilegio de asistir a las clases deberÃa ver al doctor Miller y comprometerme por escrito a vivir conforme al reglamento y disposiciones del centro juvenil. Dije que estaba dispuesta a firmar el compromiso, pero no encontramos al doctor Miller y tuve que pasar el resto de la mañana en la sala diurna, contemplando a los dos idiotas, el uno durmiendo y el otro brincando. Me pregunté qué impresión les causarÃa yo a ellos, con mi rostro no curado del todo y mi pelo como rastrojo.
En el curso de la interminable mañana sonaron timbres y entró y salió mucha gente. Sobre una mesita redonda habÃa un montón de revistas, pero ni siquiera pude leerlas. Mi cerebro corrÃa veloz y sin tino.
A las once y media, Mary, la enfermera, me mostró el comedor. Por doquier se movÃan muchachos y muchachas, y ninguno parecÃa lo suficientemente loco para ser internado aquÃ, pero debÃan de estarlo todos. La comida consistió en macarrones y queso con un poco de embutido y judÃas verdes en conserva. Como postre una especie de pudding tan inconsistente que parecÃa argamasa lÃquida. Intentar comerlo era perder el tiempo. No podÃa ni tragar mi saliva.