Preguntale a Alicia

Preguntale a Alicia

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Sonó un timbre y salieron todos menos los dos idiotas. A mí me dejaron con ellos en la sala. Por fin entró una dama muy gorda —la enfermera del liceo— para decirme que si deseaba tener el privilegio de asistir a las clases debería ver al doctor Miller y comprometerme por escrito a vivir conforme al reglamento y disposiciones del centro juvenil. Dije que estaba dispuesta a firmar el compromiso, pero no encontramos al doctor Miller y tuve que pasar el resto de la mañana en la sala diurna, contemplando a los dos idiotas, el uno durmiendo y el otro brincando. Me pregunté qué impresión les causaría yo a ellos, con mi rostro no curado del todo y mi pelo como rastrojo.

En el curso de la interminable mañana sonaron timbres y entró y salió mucha gente. Sobre una mesita redonda había un montón de revistas, pero ni siquiera pude leerlas. Mi cerebro corría veloz y sin tino.

A las once y media, Mary, la enfermera, me mostró el comedor. Por doquier se movían muchachos y muchachas, y ninguno parecía lo suficientemente loco para ser internado aquí, pero debían de estarlo todos. La comida consistió en macarrones y queso con un poco de embutido y judías verdes en conserva. Como postre una especie de pudding tan inconsistente que parecía argamasa líquida. Intentar comerlo era perder el tiempo. No podía ni tragar mi saliva.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker