Robin Hood

Robin Hood

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El viaje comenzó sin tropiezos, pero cuando el ermitaño se hallaba en la mitad del vado, teniendo el agua hasta la cintura, o porque así lo quiso el destino, o más probablemente que el destino el mismo fraile, Robin resbaló de las espaldas que lo llevaban y cayó al agua. El fraile, con sorprendente rapidez en un hombre tan gordo, lo tomó por el cuello y arrancándole la espada, lo amenazó con ella al tiempo que le decía:

—¡Ahora llegó mi turno; levántate y llévame a mí, si puedes, al sitio en que dejé mi almuerzo…!

No había más remedio que obedecer… Y Scarlett y Much reventaban de risa al ver cómo se le había dado vuelta el juego a Robin, que no podía más con el enorme corpachón del ermitaño sobre sus espaldas.

—¡Vamos, apúrate, hombre —le decía éste—, que desde aquí siento el olor de mi asado y se me hace agua la boca!

Pero había de repetirse el juego, pues al llegar a la orilla, Robin se agachó de golpe y el fraile dio con su pesada humanidad contra el suelo, dejando caer la espada. Rápidamente la levantó Robin, y dirigiéndola al pecho del fraile le dijo:

—¡No hay almuerzo todavía, necio! ¡Empecemos de nuevo!


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