Robin Hood
Robin Hood Al llegar junto a él, Robin le puso la punta de la espada en la garganta y le dijo con tono áspero y desabrido:
—¡Eh, tú, levántate y llévame cargando al otro lado del arroyo para no mojarme los pies!
—Hijo —respondió serenamente el fraile, sin demostrar la menor turbación—, si mi comida está de este lado, ¿por qué he de pasar al otro?
—Ya te lo he dicho —insistió, terco, Robin—, porque quiero llegar a la otra orilla sin mojarme los pies…
El fraile abandonó su merienda y suspiró, diciendo filosóficamente:
—¡Si eso ha de ser, que sea! Súbete.
Con agilidad montó Robin en la espalda del resignado fraile y éste se dirigió al vado, mientras monologaba:
—¡Qué dÃas más tristes éstos en que un digno siervo de Dios debe dejar su comida porque a un pÃcaro se le antoja no mojarse los pies!