Robin Hood
Robin Hood Y helos otra vez a Robin sobre la espalda del ermitaño y a éste harto ya del jueguito; tan harto que al llegar a la mitad del arroyo, donde, naturalmente, éste tenía su mayor profundidad, hizo un movimiento tan hábil y fuerte que lanzó a Robin por sobre su cabeza.
—¡Ahora, imprudente bribón, te hundes, que yo voy a comer!
Y girando en redondo se marchó dejando a Robin en el agua, que se reía alegre y francamente de su fracaso. Robin salió a la orilla y se fue derecho al fraile, con la espada en la vaina, riéndose a carcajadas y chorreando agua.
—¡Fuera, villano! —le gritó el fraile—. ¡Que si no, tomaré el palo y te correré a bastonazos! ¡Déjame comer en paz!
—Bueno —le gritó Robin, que continuaba acercándose—, hagamos las paces, y dime cómo te llamas.
—Los hombres me llaman «el fraile Tuck». ¿Y cómo te llaman a ti, bribón?
—Robin de Locksley me llamo, o mejor, Robin Hood.
Al oír el nombre de nuestro amigo, el fraile casi muere de risa.