Robin Hood
Robin Hood —¿Qué dices? ¿De modo que me he hecho llevar en las espaldas del tipo que hizo pasear en camisa a Guy de Gisborne y a su tropa por los caminos del condado y el que dejó sin nada, de lo mucho que llevaba, al prior de Newark?
—SÃ, ése soy yo; pero no alardees demasiado de tu triunfo sobre mÃ, porque el primero en cargar al otro fuiste tú. Y ahora te diré una cosa, simpático fraile. Esta mañana he salido en tu busca, atraÃdo por algunas cosillas que he oÃdo de ti, para invitarte a que te unas a mi banda, pues a esos muchachos les está haciendo falta un capellán. Te advierto que en la selva de Sherwood hay más, abundante comida y mejor cerveza que la que aquà tienes por delante.
—¡Ajá! —respondió el fraile—. ¿Con que me quieres llevar a vivir contigo entre gente que, si bien necesitan tener un cura con ellos, tienen tan poco respeto por los siervos de Su Majestad como lo tengo yo…? Todo está muy bien, pero vosotros en la selva tendréis dÃas de ayuno, supongo…
—Si te vienes con nosotros tendremos todos los dÃas de ayuno que tú dispongas —prometió Robin.
—¡No me tientes, Robin Hood, no me tientes! ¡Recuerda que yo pertenezco a Dios!