Robin Hood

Robin Hood

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Dos de sus hombres se adelantaron impulsados por el acicate del premio, pero un par de certeras flechas disparadas con pasmosa celeridad les mató los caballos arrastrando por tierra a sus jinetes.

—¡A él, vosotros! —repetía Gisborne—. ¡Apresadlo, cobardes, vendidos!

Pero era inútil; nadie se movió de su sitio. Los pobres mercenarios veían que Robin tenía listo su arco y ese arco nunca fallaba…

Entonces Gisborne, en el paroxismo de la furia, arrancó de manos de uno de los suyos un arco y una flecha y, precipitadamente, sin apuntar casi, la lanzó contra Robin, que ni trató de esquivarla, seguro de la mala puntería del normando y de la resistencia de su armadura.

Su respuesta al fallido tiro fue una llamada que efectuó con el hermoso cuerno del concurso, a cuyo sonido se presentaron sus hombres, que habían permanecido ocultos entre los árboles.

En ese instante, Robin decía al normando:

—¡Has hecho un tiro idiota! Bájate del caballo y pelearemos mano a mano.

Pero Guy miró hacia atrás y vio que su gente había sido desarmada y atada. Estaba a merced del sajón. Volvió grupas y a galope tendido emprendió una inexplicable fuga, porque era un cobarde, dejando a Mariana librada a su suerte.


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