Robin Hood

Robin Hood

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Llevaba, para pagar a los hombres que su hermano Roberto quisiera darle, bien llenas de monedas de oro las faltriqueras de los hermanos que lo acompañaban…

Las alamedas que formaban los caminos que convergían en Nottingham ofrecían a los viajeros un aspecto apacible; el día era hermoso y palpitante la esperanza de que Roberto de Rainault sería generoso en la ayuda contra Robin; pronto llegarían a la ciudad y el padre Hugo se sentía contento; tanto que comenzó a canturrear y a jaranear con sus acompañantes.

—Otra hora más y podremos descansar en casa de mi hermano. ¡Estas bestias tienen un andar tan malo que ya tengo los huesos molidos…! —se quejaba después.

—Ciertamente, señor abad —respondió el hermano Anselmo—. Un buen vaso del sabroso vino de Roberto de Rainault nos pondrá como nuevos después de este largo viaje.

Apenas había terminado de decir la última palabra, cuando sintió que una mano dura se apoderaba de las riendas de su mula y la detenía en seco.

—¡Atrás, amigos, que somos hombres de Iglesia!

Robin apareció de entre los árboles rodeado por doce de sus secuaces.

—Baja al opulento y poderoso abad de su mula, Will, y déjanos solos para conversar.

—¡Pero esto es un ultraje, un sacrilegio! —Exclamó el padre Hugo en el colmo de la indignación.


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