Robin Hood
Robin Hood —Posiblemente, pero no más grave que el que usted cometió al mandar a una joven inocente a convertirse en víctima de una bestia como Isambart de Bellame. ¡Bájalo de la mula, Will, y tómalo de las orejas si se resiste!
Pero no fue necesario, porque el padre Hugo, viendo que todo esfuerzo sería inútil, optó por hacerlo sin «ayuda». Prontamente fue imitado por los dos hermanos.
—Buen Robin —informó entonces el «pequeño» John—, me parece que hemos hecho una buena redada. Estos individuos hicieron ruido de monedas al bajarse de sus mulas; deben tener bien forrados los bolsillos…
—¡Cuidado con tocar ese dinero! —gritó el abad—. ¡Es sagrado pues está destinado al rescate del rey Ricardo…!
—¿No es una vergüenza que mientan los labios de un ministro del Señor? —preguntó Robin con una sonrisita protectora—. Habéis de saber, señor abad, que uno de mis hombres se enteró ayer de que ese dinero estaba destinado a pagar gente para darme caza…
—¡Robin! —gritó Much, que en ese instante registraba al segundo hermano—. ¡Este otro cura lleva todavía más monedas de oro que el otro…!