Robin Hood
Robin Hood —Bueno —ordenó Robin—, vacÃen las faltriqueras y cuenten lo que suma todo. Con eso sabemos en cuánto justiprecia el padre Hugo mi existencia por estos bosques; creo que no será poco.
Y mientras el padre Hugo maldecÃa la mala suerte que lo habÃa echado al demonio con sus proyectos y que iba a costar tan caro, los dos hermanos rezaban fervorosamente el rosario, encomendándose a todos los ángeles del cielo antes de entregar sus almas a Dios, pues serÃan asesinados al cabo de quién sabe qué horribles tormentos.
La «voluntaria colecta» fue recogida en el sombrero del «pequeño» John que se llenó totalmente, a pesar de su amplitud, con las cuatrocientas cincuenta monedas de oro que componÃan el haber del abacial trÃo.
—¡Tasar tan bajo la vida de vuestros jueces es un insulto, padre Hugo; hay que tener en cuenta lo poco que nos toca por cabeza, pues nosotros somos sesenta…! —le dijo Robin furioso en tono de ofendido reproche.
—¡Búrlate, búrlate, que ya te colgarán por esto! —le contestó furioso el sacerdote, apretando los dientes.
—Pero nosotros también podemos levantar aquà una pequeña horca… —dijo con sorna el «pequeño» John.