Robin Hood
Robin Hood —Vosotros no os atreveréis a ponerme una mano encima, ¡sacrÃlegos ladrones! —exclamó el padre Hugo, con lo que demostraba tener verdadero coraje, ya que sabÃa lo que podrÃa esperar de sus asaltantes.
—Nos atreveremos a tanto como os atrevéis vos con los infelices a quienes despojáis de sus tierras, sus bienes y su libertad, con los más futiles pretextos. Por lo pronto, en castigo por mentirnos respecto al destino de ese dinero que llevabais para pagar mercenarios que enviarÃais contra mÃ, será el de mandarlo precisamente, y como participación de mi banda, al fondo de rescate del rey Ricardo. ¿Qué opináis vosotros, muchachos?
—El más noble uso que pudiera dársele —opinó el «pequeño» John—, porque al rico abad de Santa MarÃa le será fácil reunir de nuevo esa cantidad para enviarla de su parte para el rescate…
—¡Ladrones, devolvedme mi oro!
—¿Por qué ladrones? Nosotros no hacemos más que darle a ese oro el destino que vos mismo dijisteis que tenÃa… ¡Destino que nos complace sobremanera, pues con el regreso del rey Ricardo se habrán terminado vuestras perrerÃas…!
—¿Y encima te atreves a insultarme, villano?