Robin Hood
Robin Hood —¡Basta ya, escoria de la Iglesia! ¡No olvidéis que tengo conmigo hombres que con mucho gusto os darÃan contra el suelo de un solo golpe! ¡Montad en vuestra mula e idos, que asà habrá lugar en la selva para la gente decente!
Hecho a todos los golpes, el padre Hugo se resignó, salvando la vida, y subió a su acémila murmurando:
—¡Cuatrocientas cincuenta monedas de oro y el tiempo perdido…!
Robin sonrió al oÃrlo y, como despedida, le dijo:
—¡Id tranquilo, abad, id tranquilo, que muy pronto estará aquà el rey Ricardo y contento de vos y de vuestra AbadÃa que tan eficazmente lo ayudasteis a que comprara su libertad…! Y ahora, idos pronto, ¡antes de que me arrepienta y os ahorque…!