Robin Hood

Robin Hood

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Muy diverso estado de ánimo llevaban los tres hombres de Iglesia cuando, cabizbajos, retornaron el camino de Nottingham. El amo, lleno de furor reconcentrado, maldecía en alta voz el momento en que tuvo la mala idea de aventurarse sin escolta de armas por esos caminos pretendiendo burlar la vigilancia que en ellas ejercía Robin y llevando tal cantidad de dinero; no era hombre de amilanarse, pero sí de lamentar con todo el corazón una pérdida material… Sus pobres acompañantes, en cambio, daban gracia a Dios por haberlos sacado del trance sin mengua para su integridad física. El amo iba rabiando, los servidores, contentos; uno había perdido lo que más quería: el dinero; los otros habían salvado el único bien que poseían: la vida.

Pensó en un principio el padre Hugo regresar a la Abadía de Santa María, más luego reflexionó y creyó que con habilidad dialéctica podría convencer a su hermano Roberto, para que éste le diera los hombres que necesitaba, recibiendo la correspondiente paga después. Resolvió, por lo tanto, entablar la discusión con su hermano y a Nottingham dirigió sus pasos.

Mientras tanto, Robin hacía un prolijo fardillo con las dos bolsas de monedas que tan bonitamente había quitado al abad, y dos días más tarde un desconocido las entregaba a un receptor de rentas del rey, en la ciudad de York, con una tarjetita que decía:


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