Robin Hood
Robin Hood Estas cuatrocientas cincuenta monedas de oro han sido recolectadas en la selva de Sherwood por mí, Robin Hood, y deben ser destinadas al fondo de rescate de nuestro buen rey Ricardo, a quien Dios guarde. Y yo, Robin Hood, ordeno que sean usadas para eso y para ninguna otra cosa. ¡Pobre de quien disponga lo contrario!

La aventura corrida por el orgulloso y cruel abad de Santa María rápidamente estuvo en boca de todo el mundo en los condados de York y Nottingham, entre cuyos campesinos y artesanos la fama y simpatía de Robin Hood como desfacedor de entuertos y distribuidor de justicia iba creciendo como el odio en que se tenía a Hugo de Rainault. Al saber que el dinero destinado al poco simpático fin de dar caza a un hombre que era llamado «el protector del pobre y del oprimido» había sido desviado por este mismo, a la fuerza, a una altruista acción como lo era el rescate del popular rey Ricardo Plantagenet, una ola de entusiasmo se levantó entre los pueblos y la adhesión al arquero del bosque de Sherwood fue unánime e incontrarrestable. Además, los comentarios estaban cargados de una hilaridad que a buen seguro ninguna gracia hubieran causado al irascible e indigno sacerdote, que muy bien sabía que nada hay tan eficaz para voltear soberbias como el ridículo. Cuando un pueblo sojuzgado pierde el miedo y comienza a reír, ¡ay de los tiranos…!