Robin Hood

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Como un loco se lanzó Sibald sobre su presa al verla caer. Llegado a ella, sacó su cuchillo de monte, y con hábiles y febriles movimientos sacó un pedazo de cuero del lomo del animal, dejando descubierta la carne viva, aún caliente. Con una voracidad que acusaba bien su hambre devoró, más que comió, un gran trozo de ella y, una vez saciado, se puso a cortar en lonjas iguales el resto comestible del ciervo, apilando los trozos entre capas de nieve ya endurecida. De repente, la sombra de un hombre se proyectó en el suelo, a su lado; lanzó un grito el esclavo y se irguió, levantando el cuchillo en actitud defensiva; mas pronto reconoció a un amigo en el joven corpulento de pelo rojizo y cara alegre, que hacía un instante que contemplaba su nerviosa labor.

—Baja ese cuchillo, Sibald —dijo el hombre con tono perentorio.

—¡Robin! ¡Robin de Locksley…! —musitó Sibald—. ¡Señor, tenía hambre…! —imploró.

—Esto que has hecho significa la muerte para ti si alguno de los gendarmes o un guardabosque encontrara los restos del ciervo.



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