Robin Hood
Robin Hood El invierno había sido crudo y largo ese año, pero ya comenzaba a derretirse la nieve en los pantanos y arroyos, y el momento de sembrar hallábase próximo. Aún se veían blancas las copas de los árboles en las tierras de la Abadía de Santa María que, al costado de la selva de Sherwood, administraba con las propias, el brutal Guy de Gisborne. Una figura andrajosa se ve aparecer de entre los árboles. Sibald de Dolt, el esclavo, escudriñó sigilosamente un claro de la selva y lo atravesó, dejando en la nieve pequeñas manchas rojas de la sangre que le manaba de las lastimaduras que la hierba seca le había producido en las piernas desnudas. Ganada de nuevo la maraña, caminó largo rato por entre la maleza, con una dificultad que demostraba a las claras su agotamiento.
Comenzó a soplar fuerte el viento y aparecieron en el claro del bosque que Sibald acababa de abandonar, una partida de unos doce ciervos, que soplando el piso cubierto por la nieve trataban de dejar al descubierto alguna mata de hierba comestible. El hambre del esclavo que contemplaba aquellos hermosos animales reservados para el deporte real fue más grande que el consejo de la prudencia, y armó su arco. El ciervo que parecía ser el jefe de la manada se hizo cargo de la presencia de Sibald, pero ya era tarde: la destreza del esclavo dio en tierra con él y los demás, asustados, se dispersaron.
