Robin Hood
Robin Hood —¡Bah…! ¡Morir de hambre o en la horca, qué más da! —gritó el esclavo casi con desesperación—. Mira, amo Robin —añadió—, al empezar este invierno yo tenÃa una esposa y dos hijos, y era feliz con ellos en mi cabaña. Tuve la mala suerte de caer enfermo, y entonces Guy de Gisborne, diciéndome que un esclavo que no trabaja no tiene derecho a comer ni a poseer techo para guarecerse, me hizo echar por sus guardias hasta los lindes del bosque, y dio mi cabaña a Walter de Bal.
—Verdad es —dijo Robin— que Gisborne es un hombre cruel y ruin, pero lo que tú has hecho está castigado.
—¡Castigado…! ¿Y qué es el castigo? Para eso, mi mujer halló ya la muerte y duerme tranquila, al lado de Freda, nuestra hijita, en el silencio de este bosque. Y si por este delito que acabo de cometer me cuelgan, moriré satisfecho, pues he saciado mi hambre y mi hijo, que desde hace dÃas no tiene que comer, ahora lo tendrá.
Una profunda tristeza reflejaba la mirada de Robin al oÃr la narración de las desventuras del esclavo.
—¿Dónde está el niño? —preguntó.
—Allà —dijo Sibald, señalando hacia un viejo olmo, en un hueco de cuyo tronco, ya seco, se encontraba el chico envuelto en jirones de trapo.
—¿Y piensas hallar refugio seguro y permanente en el bosque? —preguntó Robin.