Robin Hood
Robin Hood —Tendré que quedarme en él, pues de otro modo pronto me hallarÃan los secuaces de Gisborne. Y si no me fugo o me escondo, me verÃa obligado a volver junto a él porque, al fin y al cabo, soy su esclavo. Eso significarÃa latigazos y el trabajo brutal a que he estado sometido hasta ahora, premiado, al fin de la jornada, con más latigazos; que para eso soy torpe y no tengo derecho a nada. Me llaman «Poca Cosa», pero yo le digo a usted —y aquà su voz se hizo fuerte— que no hay justicia para nosotros los sajones bajo la dominación de estos perros normandos.
—Tienes razón —contestó Robin— pero, por ahora, trae a tu hijo y vente conmigo a mi casa. Después veremos qué podemos hacer de ti.
—¡A tu casa, amo Robin! —repitió con aire incrédulo el pobre esclavo—. ¡Pero yo maté a un ciervo del rey…!
Una sonrisa apareció en los labios de Robin Hood, y tranquilizó a Sibald:
—¡Bah! Yo también andaba por aquÃ, y bien pude haber tirado un par de flechas… —Y reiterando con energÃa la invitación, repitió:
—Bueno, basta de conversación; ve a buscar a tu hijo y venid conmigo, que allá encontraréis los dos un poco de calor.