Robin Hood

Robin Hood

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—Amo Robin —exclamó Sibald con lágrimas en los ojos—. ¡Qué dirán esos malvados cuando sepan que tú tienes el corazón más grande de todo Nottingham y York!

—Calla, hombre, calla —lo atajó Robin—. Luego hablaré a Gisborne de ti, y quizás nos permita que formes parte de mi gente en Locksley.

Dicho lo cual, e invitando a Sibald a que lo siguiera, salió de la selva a un claro, atravesado el cual se volvió a internar, llegando pronto a una bien construida cabaña de madera, con varios galpones destinados a establo, caballerizas, habitación y otras dependencias, rodeado todo de una alegre huerta.

En esa casa vivía Robin desde la muerte de su padre. Éste era un hombre libre que poseía una extensión de unos doscientos acres debajo de la Abadía de Santa María. El abuelo, en la época de Enrique I, las había recibido en usufructo, pero dejando la propiedad a la Abadía. Con ese pretexto al morir el padre de Robin, Guy de Gisborne trató de apoderarse de ellas para pasarlas a la administración de la Abadía junto con las demás tierras de esa comunidad que él manejaba, pero se encontró con la resistencia de Robin, y las cosas quedaron como estaban.


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