Robin Hood
Robin Hood —Eso pasó porque mi mayordomo es un tonto. Él fue quien se dejó quitar a Mariana cuando la llevaba al castillo de Bellame; pero si lo intentaras tú personalmente; hermano mÃo; serÃa otra cosa…
¿Y cuánto pagarÃas por los hombres?
—Pondré en la empresa unas doscientas monedas de oro…
Roberto movió negativamente la cabeza.
—Hay cincuenta ofrecidas para el individuo que dé caza a Robin; doscientas es poco.
—Bueno, aumentaré a trescientas, siempre que también se rescate a la joven…
—Aun es poco; fÃjate que sé necesitan unos cien hombres para hacer el trabajo sobre seguro.
—Pongamos cincuenta más…
—Por cuatrocientas, ni una menos, le daré caza a tu hombre —cortó Roberto secamente.
—Las tendrás —aceptó, resignado, el abad—. De alguna forma me he de valer para sacárselas a los tributarios de la AbadÃa… Pero tú mismo deberás mandarlas buscar, porque yo no atravieso de nuevo el bosque con dinero y sin una buena escolta.
—La mandaré a buscar antes de iniciar la caza de Robin —aseguró el barón Roberto—. No moveré un solo hombre sin ver antes el color de tu oro.