Robin Hood

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Roberto de Rainault, que no era tonto, y conociendo lo que había pasado en una oportunidad semejante a Guy de Gisborne, dividió sus fuerzas en dos alas, poniendo una al mando de Huberto, su hombre de confianza y su mejor arquero, reservándose la otra para su mando. Cada columna debía internarse en la selva por distintos sitios.

Huberto tomó el camino más directo, mientras el sheriff llevaría sus cuarenta hombres dando un rodeo por la Abadía de Santa María. El encuentro entre ambas columnas se realizaría frente a la Darky Mire, una gran ciénaga situada en la entrada de a selva.

El día era extremadamente caluroso y, a pesar de espeso boscaje que cubría todo de densa sombra, los hombres del sheriff llevaban una penosa marcha sudando a chorros dentro de sus armaduras.

Ojos vigilantes los observaban en su ir y venir, sin que ellos encontraran, en todo el día, más alma viviente en el laberinto de la selva que un par de andrajosos carboneros, que negaron terminantemente tener nada que ver con Robin ni nadie de su banda, pero que informaron que un cura muy corpulento y gordísimo les había dicho que vio al arquero en apresurada marcha hacia Yorkshire al saber que el sheriff había penetrado en la selva en busca suya.


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