Robin Hood

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Y dando el ejemplo, Roberto de Rainault corrió hacia el sitio en que debían hallarse aquellas sombras con la espada en ristre. Detrás del amo arrancó a correr Huberto, libre ya de la pesadilla, de enemigos invisibles y fantásticos. Ahora lucharía contra hombres y se sentía animado a hacerlo con gallardía.

Un buen par de minutos tardaron los hombres del sheriff en reaccionar ante la orden; quedáronse ese tiempo mirándose unos a otros como alelados, irresolutos. Cuando al fin se decidieron a concurrir al sitio por donde se habían internado su jefe y Huberto, éstos habían desaparecido como tragados por la tierra.

¿Qué había pasado? Al llegar al sitio en que el sheriff y su segundo creyeron encontrar a cinco, por lo menos, de los proscritos de Robin, una gruesa tela les había envuelto la cabeza y un vigoroso golpe los había dejado sin sentido antes de que pudieran decir una sola palabra. Rápidamente atados y amordazados, fueron conducidos a marcha forzada, a la guarida de la «banda de justicia» que respondía al rey de Sherwood.




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