Robin Hood
Robin Hood La gente del sheriff quedó desconcertada al comprobar la desaparición de su amo. Pesando entre ellos el supersticioso pavor que se había adueñado de sus voluntades durante toda la noche, es natural que ni uno solo pensara en que la desaparición fuese obra de los hombres. Nada de extraño tiene que en los primeros momentos nadie se le ocurriera hacer nada en favor de la desventurada pareja que había caído en manos de los malos espíritus. Apretaron filas y en neurótico desvele, armados hasta los dientes, esperaron el alba…
¡Cómo tardó ésta en llegar! Pero al fin empezaron a filtrarse por entre el follaje de los árboles los primeros rayos de luz matinal y entonces se desataron las lenguas… Todos hablaban al mismo tiempo; todos querían dar su opinión sobre los terrores de la noche que acababan de pasar. Alguien insinuó algo sobre lo que debería hacerse frente a la desaparición de los jefes, y comenzaron las consultas y las discusiones.
Algunos opinaban que había que agotar todos los recursos antes de dar por irremisiblemente perdidos al sheriff y su segundo; otros, que era mejor quedase donde se hallaban; porque si aquéllos conseguían libertarse de los malos espíritus que se habían apoderado de ellos, volverían a ese lugar y no se hallarían solos; los más eran partidarios de regresar a Nottingham, «pues los hombres que son presa del demonio no vuelven a la humanidad».