Robin Hood
Robin Hood Se renovaron sobre esto las discusiones, y como lo que más, por no decir lo único, que en realidad deseaban era volver a Nottingham, o intentarlo por lo menos, ya que había quien aseguraba que estaban condenados a morir en la selva, se resolvió que, como no habían visto ni rastro de Robin y los suyos, nada les quedaba por hacer ahí y debían ir a dar cuenta de la desaparición del sheriff.
Se puso en camino la triste caravana de setenta hombres, corridos por la vergüenza, muertos de sueño y de cansancio y descentrados por la larga noche de terror.
Al llegar a Nottingham tuvieron que aguantar la furia de la mujer del sheriff, que los llenó de improperios por no haber sabido defender a su marido, el amo del condado.
—¡Pero el barón no fue atacado por los hombres, señora! ¡Manos invisibles se lo llevaron! Allí no había ningún ser viviente; ¡os lo juramos!
—¿Manos invisibles? ¡Misericordia divina! —gritó la dama—. ¡Qué oigo!