Robin Hood
Robin Hood —Yo creo que ese Robin Hood ha hecho pacto con el diablo (habÃa que inventar una teorÃa), porque alcanzamos a ver —aventuró uno— unas figuras que volaban sobre el pantano produciendo un ruido parecido al de un fuerte aleteo; además, unas risas de duendes que seguramente se reÃan pensando en que pronto se apoderarÃan nada menos que del sheriff de Nottingham y muchas otras cosas del infierno; y ahora me pregunto yo: ¿Cómo es que a ese condenado proscrito, ni a los bandidos que lo acompañan, no les ocurre daño alguno viviendo, como viven, permanentemente en la selva?
—¡Dios mÃo! —se lamentaba a gritos la señora—. ¡Vuestra cobardÃa ha permitido que mi marido fuera ahogado por los demonios en la ciénaga!
Y durante un par de horas continuó la amilanada tropa de «cazadores de arqueros» recibiendo el generoso chubasco de quejas de la buena señora.
Pero eso no era nada comparado con el mal trago que les esperaba con la mujer de Huberto. Ésta chilló en tal forma, que sus gritos por poco no se oyeron en todo el condado, que experimentó una verdadera conmoción al enterarse de la desaparición del primer magistrado de la ciudad y nueve de sus hombres.