Robin Hood

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—Huberto queda en mi poder, y en cuanto pasen los tres días y al pie del cedro no esté el dinero, será colgado. Sé que él una vez mató a un sajón, pero lo hizo por orden vuestra, de modo que es culpable a medias.

—Te digo que el dinero estará donde indicaste y en la fecha que indicaste; más no puedo hacer.

—Hoy mismo, al anochecer, os haré conducir hasta Nottingham, convenientemente vendado.

Esto contrarió al sheriff, que, creyendo que lo llevarían de día y descubierto, tenía la esperanza de conocer el camino que llevaba a la cueva del proscrito.

Cuando llegó el momento de partir, lo pusieron atado sobre una mula, le vendaron los ojos y lo entregaron a los solícitos cuidados del «pequeño John», quien con un par de compañeros debía «entregarlo» en la ciudad…

Cuatro horas o más de camino, que al sheriff le parecieron cuatro días, llevaban, cuando el cautivo sintió que le aplicaban un fuerte golpe en la nuca.

Abrió la boca para expresar su indignación por el ataque traidor y le introdujeron en ella un trozo de lienzo a modo de eficaz mordaza.

Un rato más de marcha y sintió que lo bajaban de la mula, le desvendaban los ojos y lo apoyaban contra una pared.


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