Robin Hood
Robin Hood La obscuridad, o mejor dicho la absoluta falta de visión en que el vendaje le había tenido durante tantas horas, hizo que a la mayor visibilidad de la noche de luna reconociera el sitio en que sus raptores lo habían dejado; eran los bastiones de su ciudad de Nottingham.
¡Junto a la puerta principal los bandidos lo habían dejado, para su escarnio, atado y amordazado!
A la mañana siguiente, cuando el guardián de la puerta la abrió y fue a echar un vistazo a las inmediaciones, halló un extraño fardo tirado en el suelo al pie del bastión… Era el orgulloso y prepotente sheriff Roberto de Rainault, presentando una figura ridícula, abatido en su altivez y al que no pudo sacar una palabra, mudo de ira y de vergüenza…
Una hora más tarde, todo Nottingham sabía en qué condiciones le había sido devuelto su sheriff…
Y ese mismo día, y cuando ya estaban de regreso en sus casas los ocho restantes prisioneros de Robin, un correo salía de Nottingham apresuradamente hacia la abadía de Santa María, llevando un pliego de Roberto para su hermano, en el que le pedía su sacerdotal dispensa para no cumplir un juramento que le había sido arrancado por la fuerza…
Estaba demasiado fresca en el recuerdo del padre Hugo la injuria recibida de Robin Hood, para que hiciese ninguna objeción canónica al pedido de su hermano.
