Robin Hood

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Se acercaba el momento de la tragedia cuando un viejo andrajoso con aspecto de leñador se dirigió hacia el puente levadizo; pasó junto a un centinela sin ser molestado, pues el carro, el carillo y la carga eran cosas familiares en el castillo y entró en el patio. Nadie paró mientes en el leñador, que, en un rincón del patio y muy cerca de la puerta de entrada, se dedicó a una extraña maniobra: de una bolsa que sacó del carro retiró un paquete al que aflojó la cuerda de cáñamo que lo envolvía, echándolo a rodar en dirección al cuarto de guardia. En seguida caminó en línea recta hacia la casa, pero fue detenido por el propio Isambart, que le gritó.

—¡Eh, viejo imbécil! ¿A dónde vas? ¿Has creído por ventura que guardamos la leña en el salón de fiestas?

El viejo se detuvo en seco dando muestras de hallarse realmente asustado, mirando con estúpido gesto al señor. Pero la atención de éste fue distraída por los gritos de dolor que partían desde la guardia. Aprovechó el instante el alelado leñador para desatar las cuerdas de otro paquete igual al anterior y lo dejó caer a los pies de Isambart, que no advirtió el raro movimiento, absorto como estaba en ver lo que pasaba en la guardia.


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