Robin Hood
Robin Hood Cargó con el esqueleto del ciervo y marchó hacia Fosse Grange, que así se llamaba la vivienda de Gisborne, situada en el bajo del camino que corre desde la Abadía de Santa María hasta Newark. Era todo un castillo la casa donde Guy vivía, y desde la cual gobernaba en las tierras de la Abadía, en virtud de que el abad, padre Hugo, así lo había dispuesto ya en vida de Enrique Curtmantle.
Herberto entró en el hall del castillo de Guy llevando sobre sus espaldas los restos del ciervo. En ese momento, el amo se calentaba las manos al calor de la estufa, cuya leña ardía alegremente en un rincón del aposento que el fuego hacía confortable.
El guardabosques se acercó a él y puso ante sus pies el cuerpo del animal.
—¿Qué significa esto? —rugió Guy—. ¿Quién ha estado comiendo de él? ¿Por qué no está entero?
—Porque Robin de Locksley se ha comido lo que falta —informó el guardabosque.
—¡Ah! —gritó con la cara descompuesta por la ira Guy de Gisborne—. Juro por los dientes de San Pedro que esta vez será arrestado. ¿Tienes pruebas suficientes?