Robin Hood
Robin Hood —¿Pruebas suficientes? Mi lord, ahà están las huellas de sus pasos desde el lugar en que encontré muerto a este animal, a través de sus tierras, hasta su propia casa. Junto a las pisadas de Robin se encuentran las de otro hombre, para mà desconocidas, quizás las de un esclavo prófugo, y las de un niño, a quienes Robin ha llevado para que lo ayudaran en el deshonroso trabajo. Creo que ésas son pruebas suficientes para que pueda ser condenado, mi lord —terminó el guardabosque.
—SÃ, y para siempre —rugió Gisborne—. Son pruebas suficientes como para arrancarle las tierras de la AbadÃa y obligarlo a cortarse una mano por sà mismo. Obtendremos, además, permiso del padre Hugo para sacarle los ojos… Ese cazador ya nos ha provocado demasiado. ¿No es asÃ, Herberto?
—Asà es señor; y si no os oponéis, yo seré alguacil…
—Eso lo resolverá el padre Hugo. Yo le diré que fuiste tú quien trajo tan gratas noticias, y seguramente él te recompensará bien. Ahora vete, y mientras yo tomo mis armas, mándame doce hombres equipados y prepara mi caballo blanco; te garantizo que al amanecer las tierras de Locksley ya no tendrán propietario… Vamos, Herberto, que tu puesto de alguacil te está esperando…